miércoles, 3 de febrero de 2010

Homenaje a Tomás Eloy Martínez por Boris Muñoz

Para Tomás Eloy Martínez (1934-2010). In memoriam

Hay noticias esperadas y previsibles, pero igualmente devastadoras. Son como rayos que perforan hasta la raíz de nuestra existencia dejando un agujero calcinado. Ese es el efecto que me causó anoche la noticia de la muerte de mi maestro y mentor Tomás Eloy Martínez. Su cuerpo se ha ido dejando en su lugar un hueco memorioso.

Para un escritor que, entre titubeos, da sus primeros pasos no hay privilegio más grande que encontrar a un maestro que lo oriente a través del laberinto de la escritura. La pasión narrativa, el lenguaje deslumbrante y terso, el rigor de los hechos y un alto vuelo imaginativo, hicieron de Tomás Eloy uno de los escritores más versátiles y sólidos de la comarca latinoamericana. Esos hilos conductores han servido de coordenadas, no solo para mí, sino para muchos otros que consideran el periodismo mucho más que un oficio de notarios.

Lo conocí en un ascensor del Ateneo de Caracas, una mañana caliente de 1992 junto a Sergio Dahbar. Tomás Eloy contaba, con verdadero deleite, que el Nuevo Periodismo había comenzado en Latinoamérica cuando Gabriel García Márquez había aterrizado en Caracas como redactor de la revista Momento. Era enero de 1958 y en apenas unas semanas la dictadura de Marcos Pérez Jiménez llegaría a su fin. La estampida del tirano dejando en su fuga una maleta llena de dólares, fue la imagen seminal que inspiró a García Márquez a escribir la magnífica novela que sería El otoño del patriarca.

Ya en aquellos días era lector voraz de las crónicas que Tomás Eloy publicaba en el semanario Domingo Hoy, pero todavía no había caído en mis manos Lugar común: la muerte. Ese pequeño libro revolucionó mi comprensión de los poderes del lenguaje para darle vuelo a la realidad, pero también para darle vuelta, trasgredirla y rebelarse contra la muerte.

Cuando llegué a Rutgers University para estudiar mi postgrado en Literatura, Tomás Eloy y Susana Rotker, su esposa, nos cobijaron a mí y a Beatriz con un desprendimiento desinteresado e ilimitado. Fue el principio de una amistad que se volvería casi familiar. Sin reparar en que se trataba de un hombre realmente muy ocupado, lo llamaba constantemente para explayarme en largas conversaciones acerca de la más mínima tontería. Lo asediaba con preguntas sobre libros y películas, pues sabía que hablar de sus dos grandes pasiones intelectuales, no era perder el tiempo sino vivir el placer de recrear esos libros y esas películas con la palabra. Tomás Eloy era una enciclopedia ambulante siempre dispuesta a ser consultada. Sin embargo, disfrutaba enormemente escuchar y contar chismes mundanos y episodios de celos y traiciones que, sospecho, trufaba después como condimento en la fabulación de amores contrariados en sus novelas.

He sentido un poco de remordimiento por haberle regateado esos momentos a su escritura. Pero mirando atrás también veo esos años como un periodo fascinante. Nunca olvidaré el curso de Borges que tomé con él. A pesar de que solo éramos tres estudiantes, Tomás Eloy ponía todo de él para ofrecernos a un Borges de carne y hueso que jamás encontraríamos en ningún tratado académico.

Ese periodo candoroso y feliz, llegó a un abrupto final con la muerte de Susana, la brillante ensayista venezolana, en un accidente de tránsito a fines de 2000. Tomás Eloy hizo grandes esfuerzos por seguir siendo el mismo de siempre. Desde tiempo atrás, había luchado contra la peste del cáncer con una entereza y un valor abrumadores. Persistió en mantener la altivez de galán de cine que lo caracterizó toda la vida. Continuó siendo el comentarista preocupado y lúcido de la realidad argentina y latinoamericana: un intelectual de primera línea, una luz intensa en medio de una borrasca en la que cada día hay menos faros. La enfermedad lo socavaba como un taladro sordo. Así que abrazó la literatura como su última tabla de salvación.

Después de quedar viudo, la aparición de El vuelo de la reina, novela con la que había estado a punto de naufragar durante cinco años y que terminó por ser un gran éxito de ventas, fue un gran motivo de alegría. Sus demonios, sin embargo, le exigían escribir una obra que reflejara los años más oscuros de la dictadura Argentina durante su exilio venezolano. “Escribo sobre lo que no he vivido. Por eso quiero contar cómo era la vida cotidiana de los argentinos durante la dictadura”, repetía con frecuencia. Esa obra es Purgatorio. Poco después de su publicación, me contó que se sentía muy contento por haberla terminado.

La última vez que nos escribimos fue a fines de octubre o principios de noviembre. Estaba de buen ánimo y cariñoso como siempre. “El tratamiento funciona”, me dijo. Bromeó con que los médicos comenzaban a considerarlo un fenómeno de la ciencia. “Me dicen que me llevarán a los congresos de medicina para estudiar mi caso”. Le creí a pies juntillas. Ahora pienso que quería ahorrarme cualquier patetismo y estoy seguro de que sus fuerzas comenzaban a abandonarlo.

Anoche, hablando con sus hijos, sentí una inmensa alegría al saber que Purgatorio no había sido su última aventura. Como el protagonista de Invisible, la novela más reciente de Paul Auster, su amigo y colega admirado, Tomás Eloy se mantuvo en un hilo de vida escribiendo hasta el último aliento. La semana pasada, antes de una breve agonía, habría terminado el borrador de su próxima novela. También me enteré de que en sus días finales estuvo rodeado del amor de sus hijos mientras veía películas de Billy Wilder. Alguien me dijo: “Si todos tenemos que morir, ¿por qué no así?”.

Tomás Eloy solía decir que la ética comienza al cuidar el lenguaje con que nos expresamos, es decir, el lenguaje nos determina porque el lenguaje es el vehículo de nuestra interacción con el mundo y los otros. Solo ahora que se ha ido puedo apreciar el significado cabal de esa frase. Puso esa prédica personal a disposición de la libertad de expresión y también de la inalienable libertad creativa individual. Ahora nos lega una obra excepcional y perdurable, no sólo para Argentina sino para toda América Latina. El trabajo de los que quedamos en la tierra es revisarla y darle su lugar dentro de la tradición.

también de la inalienable libertad creativa e individual. El trabajo de los que quedamos en la tierra es revisarla y darle su lugar dentro de la tradición.

Boris Muñoz

martes, 8 de diciembre de 2009

Quién se ha comido mis chocolates?


Alguien prometió traerme ricos chocolates de Margarita, también una corrección de textos y varias salidas. Además de futuras clases sobre Villoro...un café, una cerveza o un buen vino para el despecho...

"¡Epa, cuidado con un despecho!" me dijo alguien por ahí.

Todavía este amigo cumple su papel de Dj personal, es quien se encarga del soundtrack de mis días.

Ese es Mario Morenza quien tiene una memoria ajena del pasillo de su casa y de la Escuela de Letras. Aunque no es de mi época me siento parte de esas memorias, porque ahí me veo y me veré... algo tiene ese pasillo que por más veces que queramos alejarnos de él, siempre terminamos regresando.

En fin... creo que Morenza se comió mis chocolates.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Yo pensé que ibas a enseñarme...

Yo pensé

que ibas a enseñarme a leer

la sonrisa de los labios o

el sentimiento en un suspiro

a entender un apretón de manos o a

perderme en ojos tan humanos

que cuentan y relatan,

fines y principios.

Texto: Ricardo Poleo
30-10-2009

lunes, 23 de noviembre de 2009

I Sinfonía del bostezo :O


El profesor no deja de bostezar. Somos tres en la clase y esto parece una sinfonía, pero de bostezos.
Ya somos 4 en el salón gracias a Axi que acaba de llegar y no la he visto abrir la boca. Yo lo hago, pero no porque me fastidie la clase. Bostezo porque tengo sueño porque me levanté tempranito para intentar comprar unas entradas, para el Caracas-La Guaira del jueves 26, pero perdí el viaje pues las venderán mañana martes.
Trizbea sigue con su abanico y disimula el bostezo con él. Dinedlareg mastica un chicle y yo lo hago sin separar los labios.
Corazón de León pide perdón cada vez que lo hace y se acaricia el bigote como Balbino Paiba.
Yo no dejo de mover la pierna derecha y me duelen los ojos. Ya está.

martes, 24 de marzo de 2009

Quiero escribiiiir

Quiero escribir pero mis temas no son convenientes, mis personajes no son para nada ficcionales o ficticios, al contrario son muy reales, respiran y caminan como yo. Por más que intento darles ese toque irreal consigo efectos secundarios de realidad, los hago más humanos, más vulnerables. Intento escribir y lo que consigo es reflejarme en el papel. Sí, por más tecnología me niego a escribir directamente en word o en el blog, prefiero poder tachar y ver los manchones de cada error y todavía con las correcciones me toparé con más y más errores. Sigo sin saber cómo expresar lo que quiero decir y ni mi garganta ni mis manos dejan salir. Muchas ideas acumuladas que quisiera organizar y darlas a conocer, recibir opiniones, quejas y por qué no...( se me olvidó la palabra adecuada)

miércoles, 18 de marzo de 2009

No estoy ciega




Cómo te digo que no tengo ninguna venda, ni en el corazón ni en los ojos
Cómo te digo que el cariño se gana y tú lo ganaste, pero el cariño también se transforma y ya no está de la forma que esperas
Cómo te digo que quizás el que tiene una venda eres tú..Que yo no elegí sentir amor por alguien
Cómo te digo que tuve y tengo miedo..Que tuve suerte de ver una luz roja en el semáforo y dejarte del otro lado de la calle..
Cómo te digo que siempre has contado conmigo y que ahora cuentas, pero de una manera distinta..
Cómo te digo que el pasarla bien contigo, el no tratarte mal me nace y simplemente está en mí..Te traté mal una vez y todo terminó peor..
Que el tratarte bien no implica algo más allá de eso
y cómo me digo a mí que no puedo tenerte como amigo porque eso te daña
Que yo no voy camino a ninguna destrucción, que soy libre y no puedo estar con alguien a la fuerza..Que mi corazón es libre y sólo late fuerte por quien él quiere...
Ni siquiera puedo decirle a ese tonto corazón que deje de querer a quien tiene ahí encerrado, porque las veces que lo he intentado he salido con los platos en la cabeza..
No sé cómo decirte que mis intenciones siempre han sido las mejores, pero soy humana y siempre termino tropezando, no sé si con la misma piedra, pero siempre hay una en el camino..Algún día aprenderé a esquivarla..Mientras tanto voy disfrutando cada herida en las rodillas al caer en el asfalto y voy disfrutando del ardor al desinfectar esa herida con un pequeño algodón empapado en alcohol..y voy disfrutando de los errores de puntuación en este texto que algún día corregiré..

Lo único que sé cómo decirte es que yo simplemente estoy (o eso intento) viviendo como en una fiesta para niños en la que la parte más divertida es que te venden los ojos y con todas tus fuerzas intentes darle a la piñata, esta se rompa y salgan todos los caramelos y juguetes en dirección al piso...Esa es la única venda que puedo tener..



miércoles, 11 de marzo de 2009

Pues no me callo


A veces los seres humanos somos tan tontos o será que simplemente nos hacemos...Muchos tenemos la libertad para escribir, decir lo que pensamos sin problema alguno...A veces, por no decir siempre, tenemos la responsabilidad de decir las cosas de forma moderada y así no herir suceptibilidades, pero pensemos bien y nos daremos cuenta que le pedimos a otros que nos dejen expresarnos como queramos (sí, sí la dichosa responsabilidad) pero nosotros mismos nos censuramos para no hacer daño a "seres queridos" y no tan queridos....No me importa si no les gusta lo que digo, simplemente expreso lo que soy, lo que pienso y lo que quiero...Se la calan...No pienso seguir censurándome porque eso hace daño..Guardarse las cosas enferma... Recuerden que simplemente digo lo que pienso y muchas veces no pienso lo que digo..